La dignidad humana y la mentira de la imparcialidad

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A veces me pregunto si piensan que todos nosotros quienes estudiamos medicina sin ser religiosos estamos en la carrera por el dinero, o si solo piensan que por no ser creyentes no respetaremos a nuestros futuros pacientes al no verlos en la luz de que todos fuimos “creados bajo la semblanza de Dios”.

La imagen que observan al inicio de esta entrada fue tomada en 1999 durante una operación intraúterina donde se dice que el feto sacó la mano sujetó el dedo al cirujano. Esta fotografía, llamada “Mano de Esperanza” por el fotógrafo que la tomó, es una de las imágenes más famosas y más usadas en campañas pro-vida como “evidencia” que el feto también está vivo y que la vida empieza con la fecundación. El cirujano de la foto posteriormente aclaró que él fue quien jaló la mano del niño, quien por la anestesia, no se pudo haber movido. Mientras que eso no le quita la belleza a la foto, tampoco impide que los supuestos “protectores de la vida” la usen sin el contexto.

En los últimos años, el tema de la dignidad humana y la bioética han sido tema de discusión en varios de mis cursos de la universidad. Lo primero que hacen los profesores antes de hablar de dichos temas es “aclarar” que ellos son imparciales y que quieren que cada uno de nosotros forme nuestra propia opinión a cerca de estos temas considerados “controversiales” por la influencia religiosa que tiene nuestra sociedad. Sin embargo, en el transcurso de las discusiones, es fácil identificar su postura al respecto al ver que rechazan cualquier apoyo hacia el aborto (unos siendo más sutiles y disimulados que otros). En fin, no tiene nada de malo tener cierta opinión al respecto… después de todo cada quien creció bajo diferentes ideales y con una formación distinta, pero entonces, ¿por que nos sentimos obligados por  la sociedad a declarar una falsa imparcialidad antes de poder hablar libremente sobre temas como estos? ¿Acaso es miedo a ser juzgados o temor a ser refutados?

Por el bien de la ciencia y la sociedad en general, debemos de parar de usar esta lógica que es tan anticuada como lo es defectuoso; no porque una persona tenga una opinión, ni porque la mayoría de la gente tiene la misma postura, la fracción restante de la gente está en lo incorrecto o debe mantenerse callada, ni mucho menos hacer lo que no crea que sea correcto según sus ideales. Esto es en parte una mala costumbre que nos ha dejado la religión, donde algunos que tienen la mente más cerrada entienden que esto es una pelea para ver quien es el correcto cuando no lo es. Sí, estoy a favor del aborto en ciertas situaciones, de la misma manera que opino que bajo ciertas circumstancias, la eutanasia es apropiada.  ¿Acaso eso me hace un asesino que no merece practicar medicina?  ¿Acaso hay un incorrecto para cada opinión correcta que exista? Nadie es imparcial y debemos de parar de pensar que diciendo que lo somos es la única manera para evitar conflictos. Como futuros y presentes profesionales de la salud, no debemos ser imparciales; debemos tener nuestras ideas claras porque en el momento de enfrentarnos a un paciente en aprietos, debemos dar nuestras mejores recomendaciones con el bienestar del paciente en mente, no perder el tiempo pensando en las posibles críticas negativas que nuestras recomendaciones podrían recibir de terceros. Recuerden que en esta profesión, el paciente viene primero y su opinión vale exactamente lo mismo que el nuestro y ellos tienen todo el derecho a rechazar nuestras recomendaciones. Nuestro deber es informar y aliviar (y tratar cuando se puede), no imponer nuestras opiniones sobre los pacientes.

Practiquen de acuerdo a sus creencias, pero no dejen que sus creencias impidan que practiquen.

Primum non nocere

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Doña Marta

Ayer conocí a doña Marta.

A sus 53 años de edad, había sido diagnosticada con linfoma, empezado su régimen de quimioterapia y se encontraba internada en el hospital por una celulitis. Originaria de San Marcos, ella se había casado temprano con quien era su primer y único amor de la vida y se mudó a la Antigua Guatemala, donde reside con tres de sus seis hijos. Era una señora religiosa, humilde y, para mi sorpresa, una apasionada amante a los viajes y las excursiones. Mientras platicabamos, la mayor parte del tiempo sobre su vida y por ratos sobre la mía, podía verle en los ojos cómo pareciera que por unos minutos, podía olvidarse de su enfermedad y dejar que la sonrisa conquistara lo que hace un rato era una expresión de tristeza y soledad. Me contaba de sus viajes familiares a Esquipulas, sus excursiones a Livingston, y como era una fanática de gozarse la vida saludablemente. Tras un suspiro, me dice doña Marta: 

– Ay, digame usted… Y porqué es que nosotros que tratamos de vivir honestamente y ser saludables nos enfermamos, y aquellos que se la pasan chupando, drogandose, fumando… ellos sí andan por ahí como si nada?-

No sabía que decir. Esa misma pregunta me lo había hecho a mi mismo años atrás, cuando recién había decidido que quería estudiar medicina; me lo pregunté esa tarde que falleció mi abuela de un infarto agudo al miocardio, siendo una señora que comía relativamente saludable, nunca había tocado una gota de alcohol en su vida y se la pasaba fastidiandole a mi abuelo que parara de fumar tanto. Sin pensarlo mucho (y por desgracia mía, ya que me arrepentiría más tarde), le dije lo que años atrás me dije entre lágrimas.

– Ya va ver, ya les va tocar a ellos…-

Ella se rió, pero yo me resentí inmediatamente por mis palabras. Como pude yo, futuro doctor, decir algo así? Traté de reponerme de lo que dije.

– Nombre no, son bromas. A veces la vida solo no es justa… Cuando toca, toca; a la gente buena a veces les pasan cosas malas, pero no hay que desearles el mal a aquellos que tienen la fortuna de estar saludables. Dios tiene un camino para todos.-

Yo personalmente no soy una persona religiosa, pero sentí que esas últimas palabras le dieron un poco más de tranquilidad a doña Marta. Algunos me llamarán blasfemo, otros dirán que le falté el respeto a la señora y a los demás religiosos. Digan lo que quieran. 

Ayer vi un lado de mí que se me había olvidado que existía y me hizo reflexionar. Ayer conocí a una señora que me enseñó que se puede gozar de la vida sin perder la humildad y que una enfermedad lo vence a uno solo si uno se deja vencer.

Ayer, conocí a doña Marta. 

Primum non nocere