Doña Marta

Ayer conocí a doña Marta.

A sus 53 años de edad, había sido diagnosticada con linfoma, empezado su régimen de quimioterapia y se encontraba internada en el hospital por una celulitis. Originaria de San Marcos, ella se había casado temprano con quien era su primer y único amor de la vida y se mudó a la Antigua Guatemala, donde reside con tres de sus seis hijos. Era una señora religiosa, humilde y, para mi sorpresa, una apasionada amante a los viajes y las excursiones. Mientras platicabamos, la mayor parte del tiempo sobre su vida y por ratos sobre la mía, podía verle en los ojos cómo pareciera que por unos minutos, podía olvidarse de su enfermedad y dejar que la sonrisa conquistara lo que hace un rato era una expresión de tristeza y soledad. Me contaba de sus viajes familiares a Esquipulas, sus excursiones a Livingston, y como era una fanática de gozarse la vida saludablemente. Tras un suspiro, me dice doña Marta: 

– Ay, digame usted… Y porqué es que nosotros que tratamos de vivir honestamente y ser saludables nos enfermamos, y aquellos que se la pasan chupando, drogandose, fumando… ellos sí andan por ahí como si nada?-

No sabía que decir. Esa misma pregunta me lo había hecho a mi mismo años atrás, cuando recién había decidido que quería estudiar medicina; me lo pregunté esa tarde que falleció mi abuela de un infarto agudo al miocardio, siendo una señora que comía relativamente saludable, nunca había tocado una gota de alcohol en su vida y se la pasaba fastidiandole a mi abuelo que parara de fumar tanto. Sin pensarlo mucho (y por desgracia mía, ya que me arrepentiría más tarde), le dije lo que años atrás me dije entre lágrimas.

– Ya va ver, ya les va tocar a ellos…-

Ella se rió, pero yo me resentí inmediatamente por mis palabras. Como pude yo, futuro doctor, decir algo así? Traté de reponerme de lo que dije.

– Nombre no, son bromas. A veces la vida solo no es justa… Cuando toca, toca; a la gente buena a veces les pasan cosas malas, pero no hay que desearles el mal a aquellos que tienen la fortuna de estar saludables. Dios tiene un camino para todos.-

Yo personalmente no soy una persona religiosa, pero sentí que esas últimas palabras le dieron un poco más de tranquilidad a doña Marta. Algunos me llamarán blasfemo, otros dirán que le falté el respeto a la señora y a los demás religiosos. Digan lo que quieran. 

Ayer vi un lado de mí que se me había olvidado que existía y me hizo reflexionar. Ayer conocí a una señora que me enseñó que se puede gozar de la vida sin perder la humildad y que una enfermedad lo vence a uno solo si uno se deja vencer.

Ayer, conocí a doña Marta. 

Primum non nocere